Un pozo en el desierto…

«Lo que hace al desierto tan bello – dijo el Principito – es que esconde un pozo en algún lado…»

Los desiertos son lugares áridos, con poca lluvia, temperaturas extremas y sin vegetación, sus extensiones geográficas son amplias y sobrevive quien está adecuadamente preparado para atraversarlo.

Desde una perspectiva espiritual, el «desierto» es ese momento de desesperación y soledad que todos tendremos que vivir más de alguna vez, es ese «silencio de Dios». Es el rechazo, las crisis, el duelo y las pérdidas que experimentamos a lo largo de nuestra existencia y que provocan que nos sintamos devastados, impotentes, perdidos, hundidos en esos momentos de sequedad y dolor.

Creo que muchos de nosotros estamos experimentando ese momento ahora, al encontrarnos en medio de una pandemia inesperada, lamentando las vidas que se están apagando y además siendo testigos de abusos de poder e irrespeto total a los derechos de las minorías.

Es triste ver cómo las estadísticas, las redes sociales y las noticias, muestran un mundo que poco a poco se está hundiendo en enfermedad, discriminación, atropellos y opresión. Esto, de forma general y además, cada quién en su metro cuadrado está viviendo en temor, depresión, angustia, soledad y crisis, con miedo al mañana. Un desierto… un presente nada alentador…un futuro incierto.

Sin embargo, creo firmemente que todo aquello que en este mundo quebrado sucede para destruirnos, de alguna forma Dios lo transforma y lo convierte en algo de bien y para bien; no me refiero al típico «todo pasa por algo», es más bien que «de todo lo que pasa, puedo obtener un aprendizaje, aprovechando el dolor para que éste no sea en vano», es poner mi experiencia al servicio de los demás, es ser empático y proactivo.

Sí, hay pozos en el desierto, y la belleza colateral del dolor se encuentra ahí, o acaso no hemos visto cómo la pandemia ha despertado un espíritu de servicio en jóvenes y organizaciones que han brindado ayuda desinteresada a quienes lo necesitan; o cómo el 14 de mayo el mundo elevó una oración pidiendo protección para la humanidad ; o aún cuando los templos de toda religión han estado cerrados las enseñanzas han estado al alcance de todos e iglesias de distinta denominación se han unido en alabanza a Su Creador; o cómo nuestro corazón se ha unido al de aquellos que son injustamente lastimados o abusados y estamos trabajando en ser agentes de cambio frente a ello.

El pozo es esa palabra amable, ese gesto generoso, esa oración elevada, ese abrazo a la distancia, esas ideas innovadoras que nos unen y esas cosas que a pesar de todo despiertan una sonrisa en nosotros con la esperanza de un mejor mañana. Ciertamente estamos viviendo tiempos difíciles, estamos en medio de una lucha de voluntades sin sentido, estamos al borde de la quiebra, pero el poder de «darle vuelta» a la situación que pretende destruirnos y convertirla en una herramienta para vencer sobre la adversidad está en nosotros, y en ese Padre, que si bien parece que está en silencio, sólo viendo las cosas pasar, en realidad está transformando el guión de la historia para que en medio de la oscuridad siempre encontremos la luz de la esperanza y descubrirla es tan gratificante como encontrar un pozo en un desierto.

«Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios cambió todo para bien, para hacer lo que hoy vemos, que es darle vida a mucha gente.  Así que no tengan miedo.» (Gen. 50:20-21)

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