Aprendiendo a aceptar nuestras pérdidas…

Hace dos años me tocó experimentar el momento más duro de mi vida, en la madrugada de un seis de mayo tuve que dar el adiós más difícil y ver cómo somos humanamente impotentes ante la muerte; tuve que darme cuenta que aunque estemos deseando con toda la fuerza de nuestro corazón detenerla es simplemente imposible…y que lo único que nos queda es dejar que suceda, procesarlo y volver a empezar, acostumbrándonos a un nuevo estilo de vida.

Si bien la muerte no es el final, es una situación que nunca se supera, únicamente se aprende a vivir con ella. El vacío es imposible de llenar y la pérdida es irreparable; los momentos de dolor y soledad llegan como olas, inesperadamente, lentamente, y los puede desencadenar cualquier cosa: una foto, una canción, un aroma, un recuerdo…

Caminar en el sendero del duelo me ha enseñado varias cosas, una de ellas es entender que existe un vínculo especial entre padre e hija y que éste jamás se destruye; que no hay circunstancia que limite este primer gran amor y que de alguna manera su presencia y sus cuidados son palpables todos los días. He comprendido que a pesar de situaciones incomprensibles como ésta, nuestra vida siempre está bajo el control de una fuerza superior a nuestra naturaleza humana que muestra su amor en diversos detalles.

Mi papi fue un hombre sencillo, un emprendedor con grandes sueños y ambiciones profesionales. Su vida fue un claro ejemplo que si perseguimos nuestros objetivos y trabajamos por ellos podemos lograr lo que nos propongamos y quizás mucho más. Pero más allá de eso, fue una persona que dejó huella, su propósito en esta tierra concluyó y fue testimonio de amor desde pequeño, tal como me lo compartieron sus compañeros de colegio.. Fue tan lindo ver cuántas vidas tocó, cuanta gente lo quería y con que cariño la gente se ha expresado de él como profesional, como amigo, como hermano y como hombre al servicio de su Dios. Aunque eso nos ha dado mucha felicidad, también hace más dura su ausencia.

Mi corazón de hija lo quiere aquí conmigo, contestándome el teléfono, aconsejándome, bromeando, escribiéndome, pero debo entender que su verdadero hogar nunca fue éste, y que ese es el destino de todos: la muerte es inevitable.

Y entonces, cómo se supera? No se supera, se aprende a vivir, a secarse las lágrimas, limpiarse la cara, levantarse y seguir adelante; solamente quien lo ha vivido puede entenderlo.  Aprendemos a crear un estilo de vida en torno a la ausencia, al vacío, y se trabaja en tomar una perspectiva distinta ante todo lo que esté por venir. Mentiría al decir que es fácil, no lo es, es un proceso y toma el tiempo que debe tomar, nadie tiene derecho a exigir que sea rápido o lento, no existe un plazo.

Estas lecciones no vienen solas, son fruto de trabajar el duelo, procesarlo y encontrar lo positivo o el propósito en medio del dolor, y ponerlo al servicio de los demás, para que no se desperdicie. Muchos han escrito libros, creado fundaciones, grupos de apoyo, pues en realidad no hay mayor empatía que aquella que se genera entre los que han tenido que vivir situaciones similares. Se aprende a desarrollar la resiliencia, es decir enfrentar la situación difícil con valentía y obtener un aprendizaje de ello.

En mi caso, yo tuve que entender que la vida de mi papi no se acortó, lo que se acortó fue su dolor, que de este lado de la eternidad no están nuestros galardones, y que aunque muchas veces nos enfocamos en un milagro físico, el verdadero milagro es la fortaleza incomprensible que nos permite levantarnos de estas situaciones. Aprendí que no estoy sola, que aún cuando físicamente no está conmigo, cada vez que hago algo con excelencia, aporto a la sociedad, ayudo al necesitado, pongo mi experiencia al servicio de los demás, honro su vida y doy continuidad a su legado.

Lo más lindo y  reconfortante que pude leer cuando él dejó este mundo fue lo siguiente: “La muerte no es nada. Yo solo me he ido a la habitación de al lado…lo que éramos el uno para el otro lo seguimos siendo… háblame como siempre lo has hecho…sigue riéndote de lo que nos hacía reír juntos, que se pronuncie mi nombre en casa como siempre lo ha sido..No estoy lejos, justo del otro lado del camino.” (San Agustín, La muerte no es nada)

Y es que es cierto, la muerte no tiene poder sobre nosotros a menos que nosotros se lo demos, no es un fin, es el principio de algo nuevo y diferente, duro? Sí, más veces de las que quisiera, pero es el impulso que me hace vivir de acuerdo a los principios y valores que me enseñó, actuando como si me estuviera viendo el cien por ciento del tiempo, porque de hecho así es!

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